¿Es posible hablar de prepararse para poder experimentar un milagro? Si examinamos la actitud de aquellos que fueron sanados durante el ministerio de Jesús, la respuesta es decididamente: ¡Sí! A veces, Jesús probaba la fe de los enfermos antes de sanarlos.
Como intercesor y evangelista, he aprendido lo siguiente: al observar cómo Jesús salía al encuentro de las personas necesitadas, podemos aprender muchísimo. Él era sumamente accesible para todos (excepto para aquellos que tenían corazones cerrados, como los fariseos). Él era «amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores». No era un «predicador distante», sino que permitía que las personas se acercaran mucho a Él. Se les permitía tocar sus vestiduras – y todos los que lo hacían, eran sanados (Marcos 6:56).
Jesús permitía que las personas activaran su fe buscándolo con fervor. Para ayudarlas a ponerse en una correcta «posición de sanidad», probaba su fe. El ciego Bartimeo tuvo que clamar por Él varias veces antes de que Jesús se detuviera y le pidiera que se acercara. Él dijo: «Llamadlo». (Marcos 10:49) Jesús probó su fe: ¿era teórica o viva? Aunque Jesús veía que Bartimeo estaba ciego, quería que él mismo viniera a Él con su problema y compartiera su sufrimiento. Esto ayudó a despertar la fe en su corazón:
«¿Qué quieres que haga por ti? Y el ciego le dijo: Rabuní, que recobre la vista».
Marcos 10:51
Esto le demostró a Jesús que su fe era real y viva. Su fervor y su confesión ayudaron a abrir la puerta de la fe. Esta puerta tenía dos bisagras: Él vino a Jesús con su problema y Él confesó su sufrimiento. Estos dos pasos de fe desencadenaron la sanidad.
Los que venían por otros
Aquellos que venían a pedir oración por otros también necesitaban tener un corazón abierto y lleno de expectativa. El centurión tenía un siervo que sufría. Él le dijo a Jesús:
«Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, sufriendo terribles dolores».
Mateo 8:6
El centurión abrió su corazón al hablar de su propia autoridad sobre sus soldados. Ellos obedecían cuando él decía «ve» y «ven». Esta autoridad la aplicó al poder de Jesús sobre los sufrimientos y las enfermedades. Ni siquiera necesitaba que Jesús fuera a su casa a poner las manos sobre su siervo enfermo. Jesús simplemente podía ordenar a la enfermedad que se fuera, y se iría.
Jesús quedó maravillado de su fe:
«Os aseguro que ni aun en Israel he hallado tanta fe. … Ve, y hágase contigo como has creído».
Mateo 8:10, 13
La espera para ser sanados también ayudaba a preparar los corazones. En una ocasión, Jesús estuvo en una jornada misionera en una región apartada durante tres días y tres noches. Allí iba a orar por miles de enfermos (Mateo 15:29–30). Esto ayudaba a distinguir la fe superficial de la fe pura y consciente que es dada por el Espíritu Santo. Aquellos que tuvieron que esperar por su sanidad demostraron con ello que tenían corazones abiertos. Su fe recibió un «impulso virtuoso». Pasó de ser teórica a ser viva. El fruto no se hizo esperar:
«De manera que la multitud se maravillaba al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban sanos, los cojos andaban y los ciegos veían; y glorificaban al Dios de Israel».
Mateo 15:31
No hay poder en una fe teórica que solo cree que Dios PUEDE sanar. Debemos creer que Dios QUIERE hacerlo y buscar con profunda esperanza Su sanidad. Es cuando se eleva una «ORACIÓN DE FE» desde lo profundo de una necesidad que el clamor toca el corazón de Jesús, el cual siempre está abierto.
«Porque con el CORAZÓN se cree», nos dice el apóstol Pablo (Romanos 10:10). Una de las claves para recibir la sanidad es tener un corazón ABIERTO y LLENO DE EXPECTATIVA cuando buscamos al Señor. Jesús busca corazones abiertos.
La mujer sirofenicia perseveró con fe hasta que recibió la respuesta a su petición (Mateo 15:21–28). Ella clamaba a Jesús diciendo: «¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija está gravemente atormentada por un demonio». (Mateo 15:22) Pero Jesús no le respondió palabra. Lejos de rendirse, la mujer dio un paso más. Ella se postró ante sus pies y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Aunque Jesús se refirió a ella con la analogía de los perrillos (como los judíos llamaban a los gentiles), ella no se desanimó, sino que respondió con sabiduría: incluso los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus dueños. Su fe perseverante fue escuchada y su hija fue sanada. Jesús le dijo:
«¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como quieres. Y su hija quedó sana desde aquella hora».
Mateo 15:28
Si nuestro corazón no está abierto y dispuesto para recibir un milagro, Dios puede esperar a que nuestra necesidad nos lleve a abrirle de par en par la puerta del corazón para que Jesús pueda decirnos:
«Hágase contigo como has creído».
Mateo 8:13
Como Jacob le dijo a Dios:
«¡No te dejaré, si no me bendices!»
Génesis 32:26
¿En qué lugar de la «escala de la fe» nos encontramos hoy? ¿En lo alto o en la base? ¿Con una fe dormida y teórica, o con una fe activa que busca al Señor de todo corazón?
¿Es posible hablar de prepararse para poder experimentar un milagro? Si examinamos la actitud de aquellos que fueron sanados durante el ministerio de Jesús, la respuesta es decididamente: ¡Sí! A veces, Jesús probaba la fe de los enfermos antes de sanarlos.
Como intercesor y evangelista, he aprendido lo siguiente: al observar cómo Jesús salía al encuentro de las personas necesitadas, podemos aprender muchísimo. Él era sumamente accesible para todos (excepto para aquellos que tenían corazones cerrados, como los fariseos). Él era «amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores». No era un «predicador distante», sino que permitía que las personas se acercaran mucho a Él. Se les permitía tocar sus vestiduras – y todos los que lo hacían, eran sanados (Marcos 6:56).
Jesús permitía que las personas activaran su fe buscándolo con fervor. Para ayudarlas a ponerse en una correcta «posición de sanidad», probaba su fe. El ciego Bartimeo tuvo que clamar por Él varias veces antes de que Jesús se detuviera y le pidiera que se acercara. Él dijo: «Llamadlo». (Marcos 10:49) Jesús probó su fe: ¿era teórica o viva? Aunque Jesús veía que Bartimeo estaba ciego, quería que él mismo viniera a Él con su problema y compartiera su sufrimiento. Esto ayudó a despertar la fe en su corazón:
«¿Qué quieres que haga por ti? Y el ciego le dijo: Rabuní, que recobre la vista».
Marcos 10:51
Esto le demostró a Jesús que su fe era real y viva. Su fervor y su confesión ayudaron a abrir la puerta de la fe. Esta puerta tenía dos bisagras: Él vino a Jesús con su problema y Él confesó su sufrimiento. Estos dos pasos de fe desencadenaron la sanidad.
Los que venían por otros
Aquellos que venían a pedir oración por otros también necesitaban tener un corazón abierto y lleno de expectativa. El centurión tenía un siervo que sufría. Él le dijo a Jesús:
«Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, sufriendo terribles dolores».
Mateo 8:6
El centurión abrió su corazón al hablar de su propia autoridad sobre sus soldados. Ellos obedecían cuando él decía «ve» y «ven». Esta autoridad la aplicó al poder de Jesús sobre los sufrimientos y las enfermedades. Ni siquiera necesitaba que Jesús fuera a su casa a poner las manos sobre su siervo enfermo. Jesús simplemente podía ordenar a la enfermedad que se fuera, y se iría.
Jesús quedó maravillado de su fe:
«Os aseguro que ni aun en Israel he hallado tanta fe. … Ve, y hágase contigo como has creído».
Mateo 8:10, 13
La espera para ser sanados también ayudaba a preparar los corazones. En una ocasión, Jesús estuvo en una jornada misionera en una región apartada durante tres días y tres noches. Allí iba a orar por miles de enfermos (Mateo 15:29–30). Esto ayudaba a distinguir la fe superficial de la fe pura y consciente que es dada por el Espíritu Santo. Aquellos que tuvieron que esperar por su sanidad demostraron con ello que tenían corazones abiertos. Su fe recibió un «impulso virtuoso». Pasó de ser teórica a ser viva. El fruto no se hizo esperar:
«De manera que la multitud se maravillaba al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban sanos, los cojos andaban y los ciegos veían; y glorificaban al Dios de Israel».
Mateo 15:31
No hay poder en una fe teórica que solo cree que Dios PUEDE sanar. Debemos creer que Dios QUIERE hacerlo y buscar con profunda esperanza Su sanidad. Es cuando se eleva una «ORACIÓN DE FE» desde lo profundo de una necesidad que el clamor toca el corazón de Jesús, el cual siempre está abierto.
«Porque con el CORAZÓN se cree», nos dice el apóstol Pablo (Romanos 10:10). Una de las claves para recibir la sanidad es tener un corazón ABIERTO y LLENO DE EXPECTATIVA cuando buscamos al Señor. Jesús busca corazones abiertos.
La mujer sirofenicia perseveró con fe hasta que recibió la respuesta a su petición (Mateo 15:21–28). Ella clamaba a Jesús diciendo: «¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija está gravemente atormentada por un demonio». (Mateo 15:22) Pero Jesús no le respondió palabra. Lejos de rendirse, la mujer dio un paso más. Ella se postró ante sus pies y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Aunque Jesús se refirió a ella con la analogía de los perrillos (como los judíos llamaban a los gentiles), ella no se desanimó, sino que respondió con sabiduría: incluso los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus dueños. Su fe perseverante fue escuchada y su hija fue sanada. Jesús le dijo:
«¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como quieres. Y su hija quedó sana desde aquella hora».
Mateo 15:28
Si nuestro corazón no está abierto y dispuesto para recibir un milagro, Dios puede esperar a que nuestra necesidad nos lleve a abrirle de par en par la puerta del corazón para que Jesús pueda decirnos:
«Hágase contigo como has creído».
Mateo 8:13
Como Jacob le dijo a Dios:
«¡No te dejaré, si no me bendices!»
Génesis 32:26
¿En qué lugar de la «escala de la fe» nos encontramos hoy? ¿En lo alto o en la base? ¿Con una fe dormida y teórica, o con una fe activa que busca al Señor de todo corazón?
Temas de bendición para hoy:

































































































































































































