Para poder comprender los pensamientos de Dios, necesitamos llenarnos de su Palabra. El poder y la fortaleza no provienen de nosotros mismos, sino de la Palabra de Dios. El efecto de la Palabra «alumbra los ojos» (Salmo 19:8).
Algo maravilloso sucede cuando escuchamos la Palabra. La Biblia dice que la palabra de Dios es «viva y eficaz» (Hebreos 4:12). Jesús nos dice: «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.» (Juan 6:63). En otras palabras: la Palabra de Dios tiene un poder renovador, sanador y creador. ¡Tiene el poder de dar vida!
La Palabra ilumina el corazón para que podamos ver la necesidad de la salvación. Por eso la Biblia nos dice:
«Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorporable, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.»
1 Pedro 1:23
Que la Palabra sea «incorruptible» significa que contiene un poder eterno y celestial, una fuerza que no se agota con el tiempo, como sucede con una batería. La Biblia la compara con una «simiente», lo que significa que es vivificante, regeneradora y capaz de traer esperanza de sanidad. Que la Palabra se describa como una «simiente» también significa que la Palabra puede ser sembrada, crecer y dar fruto en abundancia, una gran cosecha. Jesús nos enseña que la Palabra de Dios es vital para mantener una comunión espiritual con el Padre:
«No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.»
Mateo 4:4
Y si puede ser sembrada, debe ser plantada en buena tierra, en un corazón dispuesto y fértil. Por medio de la fe, puede sembrarse incluso en un cuerpo enfermo para que el poder de la Palabra venza la enfermedad. La Palabra lleva en sí misma el poder de sanar, ella «vive y permanece». Tiene el poder tanto para sanar como para mantener esa sanidad en nosotros. A través de la predicación, la Palabra puede ser enviada a otros:
«Envió su palabra, y los sanó, y los libró de su ruina.»
Salmo 107:20
Por eso es tan importante que proclamemos la «palabra de fe» con la viva esperanza de que la poderosa Palabra de Dios obrará maravillas:
«Esta es la palabra de fe que predicamos.»
Romanos 10:8
La Palabra de Dios es la medicina del Cielo. Al leer, meditar y proclamar diariamente la Palabra y las promesas de Dios, podemos vivir bajo una corriente constante de sanidad y bienestar. El poder de la Palabra tiene la fuerza para mantener alejada la enfermedad de nuestras vidas.
Para poder comprender los pensamientos de Dios, necesitamos llenarnos de su Palabra. El poder y la fortaleza no provienen de nosotros mismos, sino de la Palabra de Dios. El efecto de la Palabra «alumbra los ojos» (Salmo 19:8).
Algo maravilloso sucede cuando escuchamos la Palabra. La Biblia dice que la palabra de Dios es «viva y eficaz» (Hebreos 4:12). Jesús nos dice: «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.» (Juan 6:63). En otras palabras: la Palabra de Dios tiene un poder renovador, sanador y creador. ¡Tiene el poder de dar vida!
La Palabra ilumina el corazón para que podamos ver la necesidad de la salvación. Por eso la Biblia nos dice:
«Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorporable, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.»
1 Pedro 1:23
Que la Palabra sea «incorruptible» significa que contiene un poder eterno y celestial, una fuerza que no se agota con el tiempo, como sucede con una batería. La Biblia la compara con una «simiente», lo que significa que es vivificante, regeneradora y capaz de traer esperanza de sanidad. Que la Palabra se describa como una «simiente» también significa que la Palabra puede ser sembrada, crecer y dar fruto en abundancia, una gran cosecha. Jesús nos enseña que la Palabra de Dios es vital para mantener una comunión espiritual con el Padre:
«No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.»
Mateo 4:4
Y si puede ser sembrada, debe ser plantada en buena tierra, en un corazón dispuesto y fértil. Por medio de la fe, puede sembrarse incluso en un cuerpo enfermo para que el poder de la Palabra venza la enfermedad. La Palabra lleva en sí misma el poder de sanar, ella «vive y permanece». Tiene el poder tanto para sanar como para mantener esa sanidad en nosotros. A través de la predicación, la Palabra puede ser enviada a otros:
«Envió su palabra, y los sanó, y los libró de su ruina.»
Salmo 107:20
Por eso es tan importante que proclamemos la «palabra de fe» con la viva esperanza de que la poderosa Palabra de Dios obrará maravillas:
«Esta es la palabra de fe que predicamos.»
Romanos 10:8
La Palabra de Dios es la medicina del Cielo. Al leer, meditar y proclamar diariamente la Palabra y las promesas de Dios, podemos vivir bajo una corriente constante de sanidad y bienestar. El poder de la Palabra tiene la fuerza para mantener alejada la enfermedad de nuestras vidas.
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