Una hermosa ilustración que reúne a diversas personas de diferentes culturas y orígenes, todos unidos en la maravillosa obra de Dios.

Algo común a todos los seres humanos es que fuimos creados a imagen de Dios. Eso trasciende las diferencias culturales, la clase social, la posición, la raza, el género y la edad. Una clave fundamental para la evangelización.

Cada generación tiene su propia manera de expresarse. Surgen nuevas palabras y la moda cambia constantemente. Los coches, las casas y el diseño de las cocinas cambian de estilo y forma. Hoy en día es fácil quedar «anticuado». Vivimos en un proceso continuo de cambios culturales, a veces desconcertantes, que desafían nuestra pequeña burbuja de confort.

Y en este mundo, según el mandato de Jesús, estamos llamados a ser «la luz del mundo» y «la sal de la tierra» (Mateo 5:13–14). Es importante estar atentos a las transformaciones constantes de nuestra sociedad, para no aislarnos en nuestro propio rincón pensando que somos el centro del universo. Un día le comenté a mi esposa: «¿Qué ha sido de aquellas canciones que cantábamos en nuestra juventud? Un tesoro cultural se ha perdido, quedando guardado y olvidado. Ya nadie las canta». Ella, con gran sabiduría, me respondió: «Cada generación tiene sus propias canciones, porque las personas estamos en constante desarrollo. Debemos aprender a valorar lo nuevo que va llegando». ¡Qué gran verdad! Y para llegar a nuestra generación de la mejor manera posible, necesitamos comprender la nueva cultura y sus formas de pensar. Pero incluso si no somos expertos en las corrientes actuales, seguimos siendo útiles para el Reino. Porque los seres humanos compartimos una herencia común que proviene directamente de las manos de nuestro Creador.

Diferentes, «pero iguales por dentro»

Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, y poseemos cualidades que no cambian con las modas o las culturas. «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27). Del mismo modo que Dios es eterno, nosotros también lo somos. Fuimos creados con una sed espiritual para comprender los valores morales y con una capacidad innata para creer en lo invisible. Hace unos años, mientras estudiaba sociología en una universidad canadiense, un profesor dijo algo que me conmovió: «Todas las culturas muestran un rasgo común: todas tienen, de una forma u otra, fe en la divinidad». El padre de la Iglesia, San Agustín, lo expresó bellamente: «Nuestro corazón está inquieto, Señor, hasta que descanse en ti».

Aunque no estemos al día con las últimas tendencias ni conozcamos las canciones del momento, podemos alcanzar los corazones de las personas de hoy. A todos nos reconforta sentirnos amados y valorados. Todos buscamos la respuesta a las cuatro preguntas fundamentales de la vida: ¿Por qué estoy aquí? ¿De dónde vengo? ¿A dónde iré al morir? ¿Cómo es Dios? Debemos dejar de usar las diferencias culturales, de género, raza o edad como barreras que nos impidan acercarnos a los demás. La Palabra nos insta:

«Estad siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.»

1 Pedro 3:15

Jesús se encontró con una mujer samaritana junto al pozo de Jacob (Juan 4). Ella pertenecía a un entorno completamente diferente: otra cultura, otro pueblo, otra religión. Sin embargo, escuchó al Maestro con gran interés. Se sintió cautivada por sus palabras de fe acerca del «agua viva» y de «adorar al Padre en espíritu y en verdad». Con el tiempo, comprendió su mensaje y la sinceridad de su corazón. ¡Eso era lo más importante! Su conversación con Jesús la guio a la salvación, y con gozo compartió el testimonio de su encuentro con el Mesías en su ciudad. Gracias a esto, toda la comunidad se acercó al pozo, escuchó al Salvador y creyó en Él, convencidos de que verdaderamente habían hallado al «Salvador del mundo» (Juan 4:42).

Las buenas obras reflejan la verdad del Evangelio

Otro puente maravilloso son las buenas obras, un lenguaje universal que todos comprenden y que supera cualquier barrera cultural. A través de ellas demostramos que nos importan los demás, que los amamos y que nuestra fe es viva y real. El apóstol Pedro afirma que las buenas acciones son uno de los métodos de evangelización más hermosos y eficaces, sin importar la cultura, la posición social, la raza, el género o la edad:

«Mantened una conducta ejemplar entre las naciones, para que, en lo que os acusan de hacer el mal, al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios en el día de su visitación.»

1 Pedro 2:12

Y aquí cobran pleno sentido estas hermosas palabras de Pablo:

«Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.»

Gálatas 3:28

Como solía decir el evangelista Billy Graham: Dios es el mismo, el ser humano es el mismo y la necesidad de redención es la misma. Todos estamos en el mismo barco.

Algo común a todos los seres humanos es que fuimos creados a imagen de Dios. Eso trasciende las diferencias culturales, la clase social, la posición, la raza, el género y la edad. Una clave fundamental para la evangelización.

Cada generación tiene su propia manera de expresarse. Surgen nuevas palabras y la moda cambia constantemente. Los coches, las casas y el diseño de las cocinas cambian de estilo y forma. Hoy en día es fácil quedar «anticuado». Vivimos en un proceso continuo de cambios culturales, a veces desconcertantes, que desafían nuestra pequeña burbuja de confort.

Y en este mundo, según el mandato de Jesús, estamos llamados a ser «la luz del mundo» y «la sal de la tierra» (Mateo 5:13–14). Es importante estar atentos a las transformaciones constantes de nuestra sociedad, para no aislarnos en nuestro propio rincón pensando que somos el centro del universo. Un día le comenté a mi esposa: «¿Qué ha sido de aquellas canciones que cantábamos en nuestra juventud? Un tesoro cultural se ha perdido, quedando guardado y olvidado. Ya nadie las canta». Ella, con gran sabiduría, me respondió: «Cada generación tiene sus propias canciones, porque las personas estamos en constante desarrollo. Debemos aprender a valorar lo nuevo que va llegando». ¡Qué gran verdad! Y para llegar a nuestra generación de la mejor manera posible, necesitamos comprender la nueva cultura y sus formas de pensar. Pero incluso si no somos expertos en las corrientes actuales, seguimos siendo útiles para el Reino. Porque los seres humanos compartimos una herencia común que proviene directamente de las manos de nuestro Creador.

Diferentes, «pero iguales por dentro»

Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, y poseemos cualidades que no cambian con las modas o las culturas. «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27). Del mismo modo que Dios es eterno, nosotros también lo somos. Fuimos creados con una sed espiritual para comprender los valores morales y con una capacidad innata para creer en lo invisible. Hace unos años, mientras estudiaba sociología en una universidad canadiense, un profesor dijo algo que me conmovió: «Todas las culturas muestran un rasgo común: todas tienen, de una forma u otra, fe en la divinidad». El padre de la Iglesia, San Agustín, lo expresó bellamente: «Nuestro corazón está inquieto, Señor, hasta que descanse en ti».

Aunque no estemos al día con las últimas tendencias ni conozcamos las canciones del momento, podemos alcanzar los corazones de las personas de hoy. A todos nos reconforta sentirnos amados y valorados. Todos buscamos la respuesta a las cuatro preguntas fundamentales de la vida: ¿Por qué estoy aquí? ¿De dónde vengo? ¿A dónde iré al morir? ¿Cómo es Dios? Debemos dejar de usar las diferencias culturales, de género, raza o edad como barreras que nos impidan acercarnos a los demás. La Palabra nos insta:

«Estad siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.»

1 Pedro 3:15

Jesús se encontró con una mujer samaritana junto al pozo de Jacob (Juan 4). Ella pertenecía a un entorno completamente diferente: otra cultura, otro pueblo, otra religión. Sin embargo, escuchó al Maestro con gran interés. Se sintió cautivada por sus palabras de fe acerca del «agua viva» y de «adorar al Padre en espíritu y en verdad». Con el tiempo, comprendió su mensaje y la sinceridad de su corazón. ¡Eso era lo más importante! Su conversación con Jesús la guio a la salvación, y con gozo compartió el testimonio de su encuentro con el Mesías en su ciudad. Gracias a esto, toda la comunidad se acercó al pozo, escuchó al Salvador y creyó en Él, convencidos de que verdaderamente habían hallado al «Salvador del mundo» (Juan 4:42).

Las buenas obras reflejan la verdad del Evangelio

Otro puente maravilloso son las buenas obras, un lenguaje universal que todos comprenden y que supera cualquier barrera cultural. A través de ellas demostramos que nos importan los demás, que los amamos y que nuestra fe es viva y real. El apóstol Pedro afirma que las buenas acciones son uno de los métodos de evangelización más hermosos y eficaces, sin importar la cultura, la posición social, la raza, el género o la edad:

«Mantened una conducta ejemplar entre las naciones, para que, en lo que os acusan de hacer el mal, al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios en el día de su visitación.»

1 Pedro 2:12

Y aquí cobran pleno sentido estas hermosas palabras de Pablo:

«Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.»

Gálatas 3:28

Como solía decir el evangelista Billy Graham: Dios es el mismo, el ser humano es el mismo y la necesidad de redención es la misma. Todos estamos en el mismo barco.

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Svein-Magne Pedersen

Redactor

Svein-Magne Pedersen es el editor responsable y fundador del periódico digital Legedom, el cual es un instrumento al servicio de Jesus Heals Ministries.

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