
2.
El paso de la prueba
Dios nos creó con libre albedrío. Él no deseaba que fuéramos como robots, sino que tuviéramos la libertad de elegir entre seguir su perfecta voluntad o seguir nuestro propio camino. Los primeros seres humanos, Adán y Eva, se apartaron del propósito de Dios en el Paraíso al comer del árbol del conocimiento. Desde aquel momento, lo que conocemos como pecado entró en el mundo. El pecado es «errar el blanco» en nuestra relación con Dios; es quebrantar sus mandamientos, vivir a nuestra propia manera de forma independiente y pretender ser los reyes de nuestra propia vida. Las guerras, la maldad, el egoísmo, la violencia y el engaño han acompañado a la humanidad desde entonces, como un virus del alma. A veces pensamos, hacemos y decimos cosas que entristecen el corazón de Dios. El pecado ha abierto un abismo entre nosotros y nuestro Creador, rompiendo esa hermosa comunión con Él:
«Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios».
Romanos 3:23
Dios es puro amor, pero también es plenamente santo y justo. Él es un juez justo que un día evaluará nuestras acciones. En su perfecta justicia, un juez no puede simplemente pasar por alto la transgresión; la justicia debe cumplirse, aun cuando el juez ame profundamente al transgresor. ¿Podríamos imaginar un sistema de justicia humano donde no se corrijan las faltas? Claro que no. ¿Acaso tendrá Dios un sentido de la justicia menor que el nuestro? ¡De ninguna manera! Quebrantar las leyes humanas tiene consecuencias, pero distanciarnos de los eternos y santos mandamientos de Dios tiene un alcance mucho mayor. El pecado necesita ser redimido, y es algo que no podemos compensar con nuestras propias fuerzas o buenas obras, como a veces solemos pensar. Las Escrituras hablan de la tristeza de «perderse», que significa quedar privados de la vida eterna y vivir separados del amor de Dios por la eternidad:
«Pero que de ningún modo tendrá por inocente al culpable».
Éxodo 34:7
Nuestras faltas, sean muchas o pocas, nos impiden por nosotros mismos acceder a la santidad del cielo:
«Jamás entrará en ella nada impuro...»
Apocalipsis 21:27
A pesar de esto, ¡nuestro amado Dios tiene una maravillosa respuesta para nuestro dilema y el problema del pecado!