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Jesús calmó los rumores
Dios desea darnos restauración y un buen nombre. En Lucas 19 leemos sobre el publicano Zaqueo en la ciudad de Jericó. Él tenía un gran anhelo de ver a Jesús. Como era pequeño de estatura, se subió a un árbol sicómoro para poder alcanzar a ver a Jesús cuando pasara. ¡Pero para su sorpresa, Jesús se detuvo ante el árbol y lo llamó por su nombre!
«Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que me pose en tu casa».
Lc. 19:5
Zaqueo bajó rápidamente del árbol donde estaba y recibió con alegría a Jesús, abriéndole las puertas tanto de su corazón como de su hogar.
Se cobraban impuestos por las mercancías que entraban a la ciudad de Jericó, según los decretos impuestos por los romanos. Los recaudadores de impuestos eran conocidos por cobrar de más y quedarse con el dinero sobrante. Por eso, el pueblo los despreciaba. Zaqueo era «jefe de los publicanos, y rico» y ocupaba una posición alta en su distrito (Lc. 19:2).
Jesús sabía muy bien que el pueblo no quería a los publicanos. Se les consideraba tramposos y colaboradores del imperio romano de ocupación. Se ganaron justamente la reputación de ser llamados «publicanos y pecadores» (Mt. 9:10–11).
De repente, ante los ojos de la multitud que lo seguía, Jesús hizo algo asombroso: ¡Él mismo se invitó a la casa de Zaqueo! En un instante, dejó atrás a la multitud y se dirigió al hogar de Zaqueo, un hombre señalado por su pasado. ¡Jesús no se dejó llevar por el qué dirán de la gente! Él siempre fue, y sigue siendo, Señor sobre cualquier circunstancia.
Jesús acogió con amor a Zaqueo, un pecador arrepentido que ahora deseaba con todo su corazón enmendar sus errores. Este hombre, que acababa de nacer de nuevo, necesitaba guía y comunión. Porque el Señor Jesús «vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lc. 19:10).
Cuando el Santo de Dios recibió a Zaqueo y entró en su hogar, le dio una nueva oportunidad y restauró su dignidad ante los demás. Si el mismo Jesús se hospedaba en su casa, significaba que había esperanza para él. Un buen amigo predicador solía decir:
«Si alguien empieza a hablar mal de otro predicador, yo comienzo a enumerar las cosas buenas que ese hermano ha hecho. Así apago las críticas negativas». Esto nos recuerda la parábola del gran lienzo blanco con un pequeño punto negro en el centro. ¿Qué es lo que la gente suele ver? El pequeño punto negro, ignorando el hermoso y gran lienzo blanco que lo rodea. ¿No tenemos aquí una valiosa lección que aprender?
¿Nos atrevemos hoy en día a ser amigos de los que la sociedad señala como «publicanos y pecadores»? El camino más hermoso para ganar un alma para Cristo es comenzar por brindarle nuestra amistad sincera.
Aprendamos de nuestro Salvador Jesús, quien no clasificaba a las personas por su pasado o su conducta moral. Extendamos nuestra mano al necesitado, mostrémosle respeto y amor, y no nos unamos a las voces que juzgan a quienes la sociedad desprecia. Jesús anhela dar a cada persona un nuevo comienzo, restaurar sus vidas y regalarles la salvación.
